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Como se supone que esta es una columna de opinión -cosa que no todos los lectores asumen cuando leen- hoy haré uso de mi prerrogativa “opinativa” y me referiré a un tema que me atañe desde la médula, que me mueve el piso y me tambalea las vísceras.

Siendo yo, una eterna y empecinada defensora de la descentralización de Chile, y teniendo en cuenta los innumerables proyectos en los que he participado activamente desde La Araucanía indómita para promover la idea de que Santiago no es Chile; quisiera enfocar mis dardos, en primer lugar, a los mismos ciudadanos regionales, al señor que corta el queque en provincia, al alto ejecutivo empresarial y finalmente, pero no menos importante, a los conspicuos representantes de los gobiernos regionales e instituciones públicas que residen fuera de la capital.

Y es que claro que quiero referirme a ellos, y no me referiré a los ciudadanos santiaguinos que aún creen que fuera de de SCL la gente monta en animales, es primera generación con zapatos o aún vive sobre piso de tierra; a ellos no me referiré, porque no son más, que la viva imagen de que mirarse el ombligo es una práctica capitalina transversal y sin distinción de clase social. Flaites y pelolisos por igual.

Entonces enfoco mi puntería a los regionales, a aquellos que han sabido experimentar la discriminación de haber estudiado en una universidad “de regiones”, y que pese a la propia vivencia y a las cientos de experiencias a su alrededor, hoy siguen optando por preferir los productos, servicios e inteligencias “intranjeras”, porque existe la pelotuda idea, de que si viene de Santiago, es mejor. Y no fijarnos en las competencias, en las habilidades, en las potencialidades y en las bajadas culturales de quienes han vivido en tu propio mercado y se han criado sobre tu mismo pavimento. Pensando y jurando que porque le pagaste pasajes de avión al consultor, su propuesta tendrá mayor valor que la de aquel profesional formado bajo el alero de ese mismo árbol que te vio crecer y pegarle chicles masticados.

Y claro, profesionales pésimos existen en todos lados, y las regiones no serán la excepción; y el pool de potenciales profesionales de excelencia es mucho más grande en la capital, por una cuestión estadística básica, que hasta yo que soy periodista logro entender; pero no ser capaz de internalizar que las regiones de Chile cuentan con capital humano e inteligencias capaces de sacar los proyectos locales e incluso nacionales adelante, es no entender nada. Haga usted el ejercicio, y revise cuánto del presupuesto anual de consultorías, asesorías y ejecución de proyectos del mundo público se van a facturar a Santiago, y entonces cobremos a nuestros líderes la palabra esa de campaña, que nos hizo creer que se la jugaban por la descentralización. Pregúntele usted a los empresarios regionales a quién le pagan por sus campañas publicitarias, en qué medios invierten sus planes anuales, quiénes desarrollan sus campañas audiovisuales; y si no le gusta su respuesta, pues entonces castíguelos evitando comprar sus productos y haciendo pública su molestia.

Si somos ciudadanos responsables, haremos las averiguaciones correspondientes y tomaremos acciones concretas; si nos da lata hacerlas, pues entonces guardemos la bandera del regionalismo en el bolsillo hasta que estemos dispuestos a apoyar la causa más allá del discurso y la arenga fatua de un teclado rápido y metafórico, que para los versos están los poetas.

** Columna publicada en Diario Publimetro el 22 de diciembre de 2011.

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4 pensamientos en “Regionalistas de cartón

  1. Esa calzonudez de pencas y piñuflas la llaman los aludidos: cautela… y esto se arrastra desde el siglo antepasado (19)… hace tiempo te recomendé leer “Como en santiago” como pa que caxarai…

    • pfff el medio descubrimiento, “como en santiago” lo leí en el colegio. si va a recomendar libros para demostrar su inteligencia, recomiende libros que no estén en la lista de lectura complementaria del ministerio!

  2. Te entiendo completamente. Soy de Coyhaique (Coyhaique po wn! esa wea si que es lejos!), estudié en Santiago en una “prestigiosa universidad” y luego de varios años fui creando una especie de santiagofobia. Luego de unas largas vacaciones sureñas me di cuenta que la vida en provincia es más feliz. Decidí volver al sur y me encanta, creo que el hecho de tener que pelear constantemente con una realidad nacional fundada -y mal fundada- por y para santiaguinos que solo se miran el ombligo (ombligo que a veces ni siquiera abarca toda la capital), hace que todos los que vivimos en región desarrollemos el sentido común y tengamos que conocer otras realidades si o si. Por otro lado, lamentablemente ese regionalismo de cartón asume que si uno optó irse a vivir a región lo más probable es que sea porque “no se triunfó en la capital” y hay que desterrarse a un mundo más afable y menos competitivo. No sé en qué momento priorizar la calidad de vida se convirtió en algo sospechoso, y menos porqué la productividad regional se asocia de una con ser un poco chanta. Ah bueno, y amo almorzar en mi casa casi todos los días 🙂

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