
Cuando me invitaron a promocionar Maldito Disney a Anita Sin Filtro, el web show de Anita Alvarado, la ya mítica geisha chilena, no pude decir que no. Nunca había visto el programa, no tenia idea que existía, pero me dijeron que se grababa en su casa, y la verdad, es que mi morbo fue más fuerte. La posibilidad de compartir en su casa con la única mujer que ha tenido los cojones de asumirse puta en nuestra televisión, me pareció impagable. Y debo confesar, que obtuve aún más que eso.
Llegué a su casa en La Florida, llena de gente, su living lleno de cámaras y luces. Me pareció muy jevi vivir así, con tu espacio íntimo invadido por un millón de weones… luego entendí, que hace el programa con sus amigos. Todos locos por lo demás, así que nos caímos bien.
Asumo que fui un poco con actitud de zoológico en primera instancia, quería ver. De pronto me encontré en el medio de conversaciones de las que no entendía, había cometido el desatino de no ver programas de farándula esos días, y la vehemencia con la que se abordaban temas referentes a personajes de poca monta televisiva me hacían sentir en la dimensión desconocida, pero divertida.
El zoológico duró hasta que propuse a Anita que definiéramos el concepto de “maraca”, y fue cuando entramos en la más profunda discusión filosófica, ella prefiere a las que tiran con un objetivo, yo a las que tiran por placer; y ambas dejábamos fuera de tema a las que tiraban por plata.
Lo más interesante, lejos, fue escuchar el concepto de princesa de Anita, y es que claro! Ana no es más que una Cenicienta que dice palabrotas. ¿Cómo plantearle a una mujer como ella que no debemos creer en el príncipe azul, cuando siempre esperó que un tipo millonario la sacara de su miseria? y lo logró, pero con la salvedad que el viejo millonario no se murió tan rápido y finalmente le trajo más problemas que soluciones.
¿Cómo explicarle a Anita que en mi adolescencia decidí que no quería ser la “niña linda” y modifiqué mi apariencia para lograr que me validaran por lo que hacía y no por cómo me veía, cuando ella siempre se sintió fea y lo único que buscaba era ser linda y verse lo mejor posible?
“Para ti es fácil decirlo, tú naciste rubia y de ojos azules” me decían sus amigos. Y tenían razón. “Para ti es fácil esperar que te validen por tu inteligencia cuando has estudiado y eres inteligente; pero para nosotros no es así” me decían, y yo seguía creyendo que tenían razón. Y entendía entonces, que Maldito Disney finalmente no es tan transversal como yo creía, que en espacios de pobreza y discriminación, el cuento de hadas pareciera ser lo más sensato de esperar, y los amigos colas parecen ser lo más cercano a esas hadas madrinas que te permiten llegar donde quieres.
Y no fui capaz de cuestionarlo.
No cuando escuchaba a Ana postular firmemente que para ser puta no puedes ser caliente, para ser puta debes ser fría, de lo contrario no cobras. Y la geisha confesaba que pese a no ser la niña linda, los hombres la preferían por sobre otras, y entendimos que finalmente no tenía que ver con su aspecto, sino con las genialidades y sorpresas que Anita es capaz de elaborar para sus amantes.
Contaba con orgullo el truco de la boca con cerveza fría de sorpresa en las bolas a medianoche, o la mermelada de mora esparcida en los genitales; una simpatía que sin duda los hombres han sabido apreciar y que Anita ha sabido aprovechar.
Una patito feo que jugó a ser entretenida, y que al menos, me corrobora la tesis de que las feas no deban estar condenadas a la infelicidad. Puede que Anita siga esperando su príncipe azul mientras yo diga que no debemos creernos ese cuento, pero si se me aparece una carroza de calabaza, la mandaré directo al condominio en La Florida. Supongo que no volveré a juzgar a quienes necesitan a Disney para sonreírle al espejo.
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